miraré fijamente al horizonte,
veré salir el sol, la luna,
y lejos ya de la inquietud,
diré muy bajito:
¿así que era verdad?
Virgilio Piñera, “Isla” (fragmento)
Uno de los espacios privilegiados para la elaboración de imaginarios relacionados con lo exótico y lo maravilloso ha sido, desde hace mucho tiempo, el continente latinoamericano. Y no me refiero únicamente a las miradas extranjeras que llegaban al continente ávidas de exotismo y naturaleza en estado puro. Muchas de las construcciones críticas y literarias latinoamericanas han girado alrededor de la idea de que lo maravilloso es la verdadera realidad en nuestro continente[1] o de la suposición de que nuestro imaginario literario sigue siendo el del “macondismo”[2].
Si tales construcciones fueron durante mucho tiempo (a tal punto que su eco resuena aún en ciertos sectores de la crítica latinoamericana) un poder hegemónico en el campo cultural latinoamericano, no parece innecesario pensar alguno de los movimientos alternativos que existieron a la par del realismo mágico con el fin de resaltar la relevancia de gestos vanguardistas autónomos con respecto a los presupuestos estéticos del llamado boom.
Lo real maravilloso se presentó como el modo idóneo de representar una realidad objetivamente privilegiada, abundante, cuya cotidianidad se tiñe de elementos que no necesitan de “trucos de prestidigitación”, fundando así un relato genético del nuevo continente. Por otro lado, la construcción identificable con lo real maravilloso constituye una relectura de las vanguardias históricas en América[3] que se puede pensar en el campo semántico del encantamiento en el sentido mágico del término.
En la medida en que las literaturas del boom terminaron funcionando como un fuerte dispositivo ideológico que fue capaz de homegeneizar la mirada sobre América Latina, transformando al continente en una tierra tan maravillosa como los mercados editoriales lo necesitaran, considero necesario señalar la existencia de escrituras que no sólo se opusieron a la naturalización del realismo mágico y de lo real maravilloso sino que no se dejan encasillar fácilmente en el polo opuesto, negando de este modo la soberanía a un eje que el mismo realismo mágico vendría a imponer.
Quiero decir que los mecanismos mediante los cuales el realismo mágico, sobre todo en su momento de mayor reificación[4], se impuso como lo literario latinoamericano no son rebatidos por las escrituras disidentes en su mismo campo semántico: a encanto no se responde, en todos los casos, con desencanto. De este modo se eliminaría el eje sobre el cual el realismo mágico opera, inaugurando otros campos que no abren una posibilidad a las formas literarias hegemónicas, sino que minan su espacio elaborando sobre la cartografía literaria latinoamericana campos cuyas coordenadas no pueden ser pobladas más que por quienes las crean.
El objeto del presente trabajo es configurar un espacio alternativo al del realismo mágico y lo real maravilloso que vendría representado en este caso por la escritura del cubano Virgilio Piñera. Si bien en el eje encanto-desencanto es más que pertinente pensar las escrituras del realismo mágico en relación con las literaturas de fin de siglo, mi intención es buscar en Piñera la voz disidente durante el período de dominio de lo real maravilloso (expresado en Cuba, fundamentalmente, con el neobarroco).
En este sentido, creo que resulta productivo operar de modo disruptivo: al eliminar el eje, las posibilidades de lectura de la obra de Piñera se multiplican más allá de la lógica binaria. No cabe duda de que el realismo mágico opera desde el impulso del encantamiento; uno de los objetivos de este trabajo es, sin embargo, mostrar cómo la escritura piñeriana escapa no sólo a ese impulso, sino también a su contrario por medio de una serie de mecanismos que configuran una vanguardia otra, entre ellos el sistemático despojo de las formas escriturarias.
Para esto he querido tener en cuenta a uno de los escritores cubanos más célebres e importantes del continente, mayor exponente del neobarroco latinoamericano: José Lezama Lima. A través del estudio de uno de sus textos emblemáticos (“Corona de frutas”) mi intención es poner de relieve el modo en que opera la escritura intransigente de Piñera, no en oposición a Lezama sino fuera de su universo, ajeno a sus formas plenas.
Las formas del banquete lezamiano
“Corona de frutas” es un ensayo poético que Lezama publicó en 1959 en el semanario “Lunes de Revolución”, a pocos meses de haber sido duramente acusado, en esas mismas páginas, de hermetismo y de falta de compromiso. El diario le había encargado escribir un ensayo sobre la comida cubana, y Lezama no sólo respondió a la convocatoria con un texto ejemplar, verdadero catálogo poético de las frutas cubanas, sino que articuló en su interior una defensa –no exenta de ironía– de su poética y de su radical concepción formal del compromiso político.
Pero lo que interesa en este ámbito es dar cuenta de los modos en que Lezama Lima se inscribe en la tradición de lo real maravilloso a través de los procedimientos del barroco releído por la tradición literaria cubana. Este es el inicio de “Corona de frutas”:
Bastaba en lo quede la prisa o madroñuelo, un grano de pulpa para que aromoso se esparciera por toda la noche de la doncella. Había en ese buen olor como una conseja del diablo, como la bolsita que abandona cuando tiene que saltar por los campanarios. Delicia momentánea de lo infernal, abejas del gusto frente a la avutarda de la estancia perenne, un instante frente a una bocanada fría. Antes de venir la fruta a calmar o exacerbar el mediodía inmóvil, era también un arquetipo para los sentidos de interrogante felpa.[5]
Exaltación de lo sensorial, búsqueda intensa de una imagen, torsión de las formas, erotismo del sabor frutal: Lezama expone ya desde la primera línea de su texto un sistema poético que confía profundamente en la forma y que hace de la dificultad para entrar en su lógica el mayor estímulo[6].
Uno de los argumentos principales de “Corona de frutas” es el que busca diferenciar lo barroco en Europa y en América. Lezama insiste en que “en el paisaje cubano (…) lo barroco es la naturaleza”, mientras que en los versos de Góngora a una manzana[7], por ejemplo, lo barroco está únicamente en las palabras, que deben exagerar una “golosina de melindres”.
Asimismo, es posible encontrar la configuración de un mito de origen que gira alrededor de una especie de unión cósmica que Lezama plantea a través de lo que Severo Sarduy llama “condensación”[8] e identifica como una característica del barroco: la unión de imágenes relativas a la maternidad y a lo femenino (menstruación, María como arquetipo de la madre y naturaleza que no cesa de nacer) termina por configurar un paisaje (tan rotunda es la existencia de imágenes en la escritura lezamiana) en el que todo se resume en vida, exceso, dulzor y exuberancia. Agregarle “hipérbole barroca” a esta naturaleza sería, dice Lezama, “grotesco”.
Es notable, entonces, por un lado, el modo en el que Lezama naturaliza el barroco, lo hace fenómeno originario de la tierra cubana y, por otro, cómo lleva a cabo un doble juego con el lenguaje: postula su aparente transparencia (la lengua literaria vendría únicamente a dar cuenta de lo barroco natural cubano) y ofrece, a la vez, un complejo sistema escriturario que estaría postulando, en su propia realización, el carácter artificioso tanto de sí mismo como de lo barroco explícitamente figurado anteriormente como natural[9].
Esta compleja trama oculta una diversidad de capas de sentido que no es mi intención explicitar. Lo que quiero subrayar tiene que ver con el proceso de mitificación en el que la escritura lezamiana envuelve lo cubano: como en un cuadro de Wifredo Lam, el erotismo de la naturaleza se mezcla con las formas femeninas que, a su vez, remiten al misterio de la maternidad, del origen, de la vida. Las formas frutales y todos los estímulos sensoriales que el neobarroco lezamiano les otorga dibujan un aura mágica, un paisaje de paraíso perdido: la isla vendría a ser el espacio encantado de aquello que Europa debe limitarse a construir o recrear por medio del lenguaje literario.
Hacia el final del texto, dice Lezama:
Si tapásemos todos los espejos, por donde transita la muerte, las frutas de nuestro trópico, al volver a los comienzos, alcanzarían la plenitud de su diálogo en ese tiempo mitológico. Son un eco, no descifrable, de la dicha total interpretada. Preludian el árbol que acoge la transparencia del ángel, las conversaciones del hylamhylam con el colibrí.
Las frutas cubanas, y Cuba en ellas, son la vía de regreso al comienzo, el espacio dilatado de un presente que ha vuelto al tiempo mitológico en el que resuenan los ecos de la Creación, en el que los espacios en los que transita la muerte pueden ser clausurados, en el que todo es nacimiento.
Virgilio, el cáncer
En el prólogo a su extenso estudio “Lo cubano en la poesía”, Cintio Vitier dice que Piñera convierte a Cuba en “una caótica, telúrica y atroz Antilla cualquiera para festín de existencialistas”[10]. Salvo por el calificativo despectivo de “cualquiera”, su caracterización podría ser acertada. Y no deja de ser llamativo el hecho de que Vitier utilice la palabra “festín”.
Publicado aproximadamente quince años antes que la “Corona de frutas”, el poema “La isla en peso” de Virgilio Piñera mina desde las bases todas las formas de encantamiento pasadas o futuras en la concepción de lo cubano:
El agua, en el poema de Piñera, es un cáncer, es una “maldita circunstancia”. Las formas del poema (que ocupa alrededor de trece páginas), oscilan entre lo metafórico y lo descarnado, y los tonos de la voz poética entre el tedio, la tristeza y la furia. Es un poema que se puede leer como una mirada escudriñadora y corrosiva sobre Cuba y sobre lo cubano, pero hay poco que se pueda encontrar en el texto que remita a la Isla lezamiana, proliferante y edénica.
“La Isla en peso” elabora un espacio insular propicio para la queja y la desazón. Como Lezama quince años después, Piñera revisa rápidamente el catálogo frutal cubano, pero la tensión que se presentaba en Lezama como exuberancia del lenguaje ante la naturaleza caída, la reposición poética de un Edén perdido, en Piñera es tumor, desgracia, veneno, encierro. El aguacate no es, como para Lezama, mezcla de “aceite y de misteriosa linfa”, sino signo del encierro de la isla, al igual que el caimito, la albahaca y la guanábana.
Si el agua en el ensayo poético de Lezama era elemento vivificador capaz de ingresar al centro de las frutas y en especial de la piña, que se destaca por “la absorción del rocío del amanecer”, y unificar lo exterior natural con lo interior frutal para hacer murmurar los lejanos ecos de la creación, en Piñera el elemento líquido tiene una función muy distinta. Como un guardia implacable o como un cinturón, el agua encierra a la vez que enferma, elimina las posibilidades de escape e infecta todo aquello cuya salida anula: el agua rodea como un cáncer. Si hay un sueño deseoso en el poema de Piñera es el de la sequedad: la voz poética se detiene para elogiar las posibilidades de la esponja:
Me he puesto a pescar esponjas frenéticamente,
esos seres milagrosos que pueden desalojar hasta la última gota de agua
y vivir secamente.
Esta noche he llorado al conocer a una anciana
que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes.
Aunque Lezama indique a través de su sofisticada escritura barroca la ausencia del referente, aunque haga hincapié en y busque dar cuerpo a las formas literarias para llenar el espacio vacío del paraíso perdido[12], el efecto sigue siendo el de plenitud. Piñera, por el contrario, opera y escenifica las formas de un vacío cubano. Aislarlo de las preocupaciones insulares de sus contemporáneos sería inexacto e injusto: Piñera compartió los interrogantes alrededor de la cuestión de la cubanidad; sin embargo, su notable giro hacia sensaciones fuertemente modernas[13] lo llevó por caminos bien distintos de los de Lezama Lima y Carpentier, por ejemplo.
Sin embargo, no quiero pensar la divergencia de Piñera con respecto a las literaturas cubanas que le eran contemporáneas en términos de pares opuestos[14]. Entre otros, José Bianco y Teresa Cristófani Barreto lo hicieron así. En el prólogo a una antología de cuentos de Piñera, Bianco hace la siguiente afirmación:
Virgilio Piñera no es menos barroco que sus dos compatriotas. A diferencia de Carpentier, no espera descifrar a través del lenguaje la realidad hispanoamericana, ni se propone como Lezama Lima, valiéndose de la imagen y de la metáfora, crear un universo poético que prefigure el sobrenatural. Escasas o nulas sugerencias históricas, geográficas o locales encontramos en las fábulas de Piñera. Su barroquismo no proviene del estilo, simple, despojado, y a la vez cadencioso, coloquial, ni del ambiente que ese estilo refleja, sino de la acción misma de sus cuentos, de un conflicto que casi en todos ellos se plantea y resuelve de modo parejo.[15]
Por su parte, Cristófani Barreto afirma lo siguiente: “O sea: en auténtica operación barroca, Virgilio Piñera, el ‘eterno insumiso’, el ‘poeta menos lezamiano de su generación lezamiana’, al eludir cualquier reminiscencia al poeta gongórico, artificioso, bizantino, etc., acaba por nombrarlo como su fantasma.”[16]
Ante todo busco distanciarme de lo que tienen en común las perspectivas críticas de Bianco y Cristófani Barreto. Ambas, al elaborar un horizonte comparativo que tiene como punto de referencia a Lezama, ubican a Piñera, aunque sin quitarle méritos, en un lugar de subordinación. Bianco desplaza un supuesto barroco piñeriano que, por no estar en el estilo ni en el “ambiente”, estaría en la acción y en el conflicto. La consecuencia más evidente que tiene esta operación consiste en la reducción de Piñera a una versión desviada o alternativa de Lezama.
La lectura de Cristófani Barreto (brillante crítica de la obra de Piñera) elabora un sistema según el cual la actitud de Piñera vendría dada por el impulso de esquivar a Lezama. Quizás esto sea así: Lezama es una figura de un peso muy importante en la época en la Piñera define su poética. Sin embargo, dar a este impulso el calificativo de “barroco” y atribuir a la poética piñeriana un fantasma que, en términos textuales, no es evidente que tenga, puede resultar en detrimento de la audaz obra del autor cubano.
Mi punto de vista quiere esquivar, precisamente, estas ideas. La literatura de Piñera no se ofrece como un contrario de la de Lezama; la frialdad o sequedad piñerianas no juegan en línea contraria pero directa con el neobarroco lezamiano. Su campo se muestra ajeno al eje impuesto por Lezama o, más en general, por lo neobarroco o lo real maravilloso. La literatura de Piñera no aparece como una literatura que oponga frialdad a calidez, o frases cortas a largas oraciones proliferantes. Desde el punto de vista que intento abordar, la literatura de Piñera rompe con los ejes, se presenta como se presentan las circunstancias en “La carne de René”:
El alma trágica de Virgilio Piñera se manifestó con fuerza poco común en su novela “La carne de René”, publicada algunos años después (de la traducción de “Ferdydurke”), obra en la que la carne humana aparece sin posibilidad de redención, como servida en un plato, como algo totalmente carente de cielo.[17]
Esta carencia de cielo –soledad absoluta–, implica no sólo un aislamiento con respecto a, sino un aislamiento en estado puro: una ruptura de ejes binarios o de cualquier otro tipo, una férrea voluntad de marginalidad marcada por el rechazo de todos los avatares del poder, incluso aquellos que se definen por su disidencia con respecto a las literaturas centrales.
El no
Es ya célebre la diferenciación que hizo Piñera entre la nada existencialista y su propia nada, la “nada por defecto”:
El sentimiento de la Nada por exceso es menos nocivo que el sentimiento de la Nada por defecto: llegar a la Nada a través de la Cultura, de la Tradición, de la abundancia, del choque de pasiones, etc. supone una postura vital puesto que la gran mancha dejada por tales actos vitales es indeleble. Así, podría decirse de estos agentes que ellos son el «activo» de la Nada. Pero esa Nada, surgida de ella misma, tan física como el nadasol que calentaba nuestro pueblo de ese entonces, como las nadacasas, el nadaruido, la nadahistoria... nos llevaba ineluctablemente hacia la morfología de la vaca o del lagarto. A esto se llama el «pasivo» de la Nada, y al cual no corresponde «activo» alguno.[18]
A pesar (o quizás debido a) del tono corrosivamente irónico del fragmento, la idea de la nada que “nace de ella misma”, esa nada a la que “no corresponde activo alguno” va a ser parte fundamental de toda la poética piñeriana. La plenitud en Piñera está negada con todo el peso de lo formal, y no sólo desde lo anecdótico o temático. En “La isla en peso” puede leerse:
No puedo mirar con estos ojos dilatados.
Nadie sabe mirar, contemplar, desnudar un cuerpo.
Es la espantosa confusión de una mano en lo verde,
los estranguladores viajando en la franja del iris.
No sabría poblar de miradas el solitario curso del amor.
El poder de la negación en Piñera cubre los espacios de la posibilidad, de lo porvenir y de lo posible, cubre toda la extensión de un pedazo de tierra que él entiende encerrada y sofocada. Si existe una afirmación en Piñera, es la afirmación de la negación; si existe un impulso indicial, es el del vaciamiento de toda huella, el de la ruptura de las leyes de identidad.
Así es cómo, por ejemplo, el personaje principal del cuento “La cara” (1956) se saca los ojos para poder “ver” el rostro prohibido del otro; es así cómo en “El no”, obra de teatro de Piñera publicada póstumamente en el año 2002[19] se escenifica este impulso con toda claridad: una pareja ha decidido no casarse nunca. Su afirmación es esa: el no. El entorno colapsa alrededor de la pareja negadora, pero su determinación es definitiva: han decidido no casarse nunca.
Pero una decisión implica necesariamente un acto positivo: se decide hacer algo. Piñera pone a prueba las fuerzas positivas del mundo y opera la paradoja de la afirmación de la negación: los enamorados no sólo no se casan, sino que deciden no hacerlo. Su actitud escandaliza porque hace de la negación aquello que no es (que no debería ser): un acto positivo.
“La isla en peso” se presenta como una descripción negativa: en la isla nadie puede reír, no se puede dormir a pierna suelta, el baile está eternizado en un segundo detenido, de allí no se puede salir. La enumeración de frutas, animales, danzas y objetos vistos no producen une efecto de plenitud o llenura, tampoco de total vacío: los objetos y las personas pueblan un espacio que los devora o los enferma, que permanece tercamente vacío a pesar de la presencia de elementos que lo quieren llenar.
En este sentido considero inadecuado ubicar a Piñera en un vacío opuesto al lleno de Lezama[20]; su vacío escenifica un espacio óptimo para la heterogeneidad: el vacío que dejan los miembros recién cercenados[21], el vacío cultural, el producido por el aislamiento, el que es producto de la marginalidad, el vacío formal de una lengua sistemáticamente tallada, reducida en muchos casos al rigor de la sintaxis telegráfica.[22]
El vacío de Piñera es heterogéneo: su obstinación recorre diversos modos de la negación. Es imposible realizar un catálogo de las formas del no piñeriano: tal clasificación sería inútil por lo singular de cada una de sus categorías. La búsqueda piñeriana es estrictamente formal, y en tal condición, deviene flujo continuo, pura diferencia; en un cielo abierto, Piñera busca infructuosamente el trueno que rompa con la monotonía:
¿Dónde encontrar en este cielo sin nubes el trueno
cuyo estampido raje, de arriba abajo, el tímpano
de los durmientes?
*
Virgilio Piñera (Virgilio para los amigos) inauguró una escritura sin descendientes en América Latina; inauguró, también, una forma de lo local. Lo cubano en Virgilio rechaza la reconciliación, rechaza el encantamiento y rechaza la plenitud. Como la esponja a la que encuentra prodigiosa, Piñera busca que sus formas vivan secas, que se vacíen de encanto y no se vuelvan a llenar, ni siquiera de absurdo o desencanto.
En esta obstinación de la negación, Piñera, que vivió para conocer el nacimiento, el auge y los primeros brotes de decadencia del realismo mágico, fue dibujando trabajosamente un territorio propio e intraspasable: su isla (vacía, mordida por el sol del mediodía, fatigada de planicies que sólo terminan con el cáncer del agua) afirma doblemente su condición insular. Ni Edén ni maravilla, ni encanto ni exuberancia: Cuba es una cuenca vaciada; la escritura de Piñera el punzón que escarba ese espacio hasta dejarlo vacío y cada vez distinto de sí mismo.
La escritura piñeriana es vanguardista porque hace extraño lo propio: suspende el sentido, elimina cualquier lógica binaria. Donde no hay un uno mismo no puede haber un otro al que oponerse. Piñera no se opone a nada pero se erige como pura diferencia: su escritura no puede guardar una relación de subordinación comparativa con ninguna otra, rechaza tanto al realismo socialista que acusó a Lezama de hermetismo como al neobarroco de éste último. No creyó en el encanto ni en la maravilla latinoamericana, pero su literatura no puede ser reducida a desencanto ni a transparencia realista.
Así, en una soledad que adopta de modo singular las formas de la insularidad, la literatura piñeriana escenifica la terquedad de quien, a pesar de haber respondido toda la vida que no, vivió la afirmación inconmovible que consiste en permanecer en la tierra que se sufre como una condena autoimpuesta. Esa tierra, en Piñera, es Cuba y es la literatura: los territorios privilegiados del no.
BIBLIOGRAFÍA:
- AAVV, Recopilación de textos sobre José Lezama Lima. Serie de Valoración Múltiple. Casa de las Américas, La Habana, 1970.
- Carpentier, Alejo, El reino de este mundo, Compañía General de Ediciones, México, 1973.
- Bernabé, Mónica, Antonio José Ponte y Marcela Zanin, El abrigo de aire, Beatriz Viterbo, Rosario, 2001.
- Cristófani Barreto, Teresa, La protohistoria de la frialdad, http://www.fflch.usp.br/sitesint/virgilio/ens_barreto.html, última consulta: 20/06/2009.
- Fernández Retamar, Roberto, El ensayo hispanoamericano del siglo XX, Fondo de Cultura Económica, México, 1981.
- Gombrowicz, Witold, Diario argentino, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2001.
- Lezama Lima, José, “Corona de frutas”, versión electrónica: http://www.cubaliteraria.cu/autor/lezama_lima/obras_ensayo_01.html, última consulta: 20/06/2009
- Lezama Lima, José, La expresión americana, Alianza, Madrid, 1969.
- Piñera, Virgilio, La isla en peso. Poesía completa, Tusquets, Barcelona, 2000.
- Piñera, Virgilio, Cuentos de la risa del horror, Editorial Norma, Bogotá, 1994.
- Piñera, Virgilio, La vida tal cual, Unión, no. 10, 1990.
- Piñera, Virgilio, Teatro completo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2002.
- Piñera, Virgilio, Cuentos completos, Alfaguara, Madrid, 1999.
- Rama, Ángel, Transculturación narrativa en América Latina, Siglo XXI, México, 1982.
- Sarduy, Severo, “El barroco y el neobarroco”, en César Fernández Moreno, coord., América Latina en su literatura, Siglo XXI, México, 1972.
- Vargas Llosa, Mario, García Márquez. Historia de un deicidio, Seix Barral, Barcelona, 1971.
- Vitier, Cintio, Lo cubano en la poesía, Letras Cubanas, La Habana, 1957.
[1] “A cada paso hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además, que esa presencia y vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único de Haití, sino patrimonio de la América entera, donde todavía no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías. Lo real maravilloso se encuentra a cada paso en las vidas de los hombres que inscribieron fechas en la historia del Continente y dejaron apellidos aún llevados (…) ¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real-maravilloso?”: Alejo Carpentier, Introducción a El reino de este mundo, Compañía General de Ediciones, México, 1973, pp. 5, 6.
[2] No se me pasa por alto que en este sólo párrafo he aludido tanto a lo real maravilloso (que podría venir representado –en todo caso acuñado– por Carpentier) como al realismo mágico (aludido por el término “macondismo” perteneciente al universo literario de García Márquez). Existe un nutrido debate alrededor las diferencias y relaciones entre estas dos corrientes. Aunque no es el objeto de este trabajo realizar una exégesis o resumen de este debate, trataré de matizar la utilización de estos conceptos con el fin de no caer en imprecisiones. Por ahora, baste encontrar una importante similitud entre las dos corrientes. Dice García Márquez: “Yo creo que particularmente en Cien años de soledad, yo soy un escritor realista, porque creo que en América Latina todo es posible, todo es real.”: Mario Vargas Llosa, García Márquez. Historia de un deicidio, Seix Barral, Barcelona, 1971, pp. 183, 184.
[3] Es conocida la participación que tuvo Carpentier en el surrealismo mientras residía en Europa. Esta relectura no implica necesariamente la célebre angustia de las influencias sino un fenómeno más relacionado con el contrapunteo o la transculturación. Ver: Ángel Rama, Transculturación narrativa en América Latina, Siglo XXI, México, 1982 y Roberto Fernández Retamar, “Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar”, en El ensayo hispanoamericano del siglo XX, Fondo de Cultura Económica, México, 1981.
[4] Si bien el realismo mágico y lo real maravilloso ejercen en su apogeo una renovación de la literatura latinoamericana (notablemente estancada en las corrientes realistas, costumbristas e indigenistas), también es cierto que, estandarizadas las formas literarias que llegaron a producir su éxito editorial, las corrientes se desvirtuaron y perdieron renovación estética y búsqueda formal, haciendo de estas corrientes inicialmente vanguardistas, objetos fetichizados de intercambio comercial.
[5] Todas las referencias a este texto de Lezama Lima han sido tomados de la página web: http://www.cubaliteraria.cu/autor/lezama_lima/obras_ensayo_01.html
[6] “Sólo lo difícil es estimulante” es una célebre frase de Lezama Lima que se encuentra en La expresión americana, Alianza, Madrid, 1969.
[7] Se refiere a una versión primitiva del poema “Fábula de Polifemo y Galatea”, de Luis de Góngora y Argote.
[8] Severo Sarduy, “El barroco y el neobarroco”, en América Latina en su literatura (César Fernández Moreno, coord.), Siglo XXI, México, 1972, pp. 173-174.
[9] Severo Sarduy opone a la mirada de d’Ors a través de Charpentier que hace del barroco la liberación de la naturaleza en el arte, la búsqueda de lo primitivo, la vuelta a los orígenes caóticos del mundo natural, la noción contraria: para él el barroco es “la apoteosis del artificio, la ironía e irrisión de la naturaleza (…), la artificialización.” Severo Sarduy, “El barroco y el neobarroco”, op. cit., pp. 168-169.
[10] Cintio Vitier, Prólogo a Lo cubano en la poesía, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1957, p. 14.
[11] Todos los fragmentos de este poema han sido citados de la siguiente edición: Virgilio Piñera, “La isla en peso”, en La isla en peso, Poesía completa, Tusquets Editores, Barcelona, 2000, p. 37-49.
[12] Es muy importante la cuestión de la imagen y la ausencia en Lezama Lima. Como muestra de esto transcribo al propio Lezama que se expresaba así en una entrevista: “La poesía es algo más misterioso que una dedicación, pues yo le puedo decir a usted que cuando mi padre murió yo tenía ocho años, y esa ausencia me hizo hipersensible a la presencia de una imagen. (…) Yo siempre esperaba algo, pero si no sucedía nada, entonces percibía que mi espera era perfecta, y que ese espacio vacío, esa pausa inexorable tenía yo que llenarla.” En AAVV. Recopilación de textos sobre José Lezama Lima. Serie de Valoración Múltiple. Casa de las Américas, La Habana, 1970, p. 11.
[13] Es notable la presencia del tedio como motivo en la literatura de Piñera, que recuerda al mal du siècle de la literatura moderna, con el añadido irónico “a la cubana” característico de Piñera.
[14] Mónica Bernabé hace una precisión similar a esta, aclarando su intención de no pensar a Piñera y Lezama como “pares contrastivos”: Mónica Bernabé, “El cielo del paladar”, en Mónica Bernabé, Antonio José Ponte y Marcela Zanin, El abrigo de aire, Beatriz Viterbo, Rosario, 2001, p. 30.
[15] José Bianco, “Piñera, narrador”, prólogo a Cuentos de la risa del horror, Editorial Norma, Bogotá, 1994, p. 9.
[16] Teresa Cristófani Barreto, La protohistoria de la frialdad,
http://www.fflch.usp.br/sitesint/virgilio/ens_barreto.html, última consulta: 20/06/2009.
[17] Witold Gombrowicz, Diario argentino, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2001,p. 57.
[18] Virgilio Piñera, La vida tal cual, fragmentos de sus memorias, en revista Unión, no. 10, 1990.
[20] Por otro lado, el mismo Lezama, al problematizar la idea de “plenitud” mediante la anulación del referente, deja libre de manera peculiar el que sería “el otro polo”: el lleno de Lezama no es un lleno a secas.
[21] Ver, a modo de ejemplo, los cuentos “La cara” o “El cambio”, Virgilio Piñera, Cuentos completos, Alfaguara, Madrid, 1999. El motivo de lo cortante en lo Piñera está señalado y analizado en Mónica Bernabé, “El cielo del paladar”, Op. cit.
[22] Ver por ejemplo el cuento “Unas cuantas cervezas” que termina así: “Arriba, lechos esperan visitantes. A la izquierda. Escalera caracol. Allí valet espera. Sueño, bostezos. Tropiezan subiendo. Mañana será otro día.” En Virgilio Piñera, Cuentos completos, Op. cit., p. 151. Sobre la el esquematismo formal de la escritura piñeriana ver Marcela Zanin, “Un mundo sin calificativos: Virgilio Piñera y la ficción”, en El abrigo del aire, Op. cit.

